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Bogotá, mayo 18 de 2025

Ruedas, Risas y Repechos: La Leyenda de Chía al Sisga

Narrada por su servidor, cronista de pelotones, sufrimientos, carcajadas y descensos sin frenos, Javive (Javier Velandia).

Hoy, señoras y señores, se disputó una etapa que quedará en los anaqueles del ciclismo recreativo de élite: la clásica Chía–Sisga.
El pelotón se dio cita, como buen ritual dominguero, en el icónico Asadero de Don José en Chía, ese templo sagrado donde el tinto se sirve caliente y los ciclistas llegan tarde. La convocatoria era a las 7:00 a.m., pero entre trancones de la Autopista Norte, algunos se le hizo tarde, entre desayunos improvisados y cafés conversados, la verdadera largada se dio a las 8:05… como el Giro de Italia en versión criolla.

Entre los valientes del día: Luis Eduardo “Pulga” Pulgarín, Pablo Torres (quien en vez de conducir decidió rodar, y gracias a su esposa Sandra por asumir el timón), Orlando Carrillo (alias el “doctor trancón”), Javier Velandia, Pachito (el más silencioso pero incisivo), Marcolino Barrera, Henry “el disciplinado”, Alberto Rivera (con alma de Nibali en las bajadas) y Luis Heber Ardila, siempre competitivo.

Acompañando en carro, Sandra, y Nobile. Quien por una caída reciente guarda reposo de muñeca, pero no de pasión ciclista.

Con un clima ideal, nubes sin lluvia, como en las mejores etapas del Giro, el grupo partió tranquilo hasta el Peaje del Roble, compartiendo charlas, calentando piernas y planeando traiciones tácticas.

Fue allí, lleagndo al Roble donde se gestó la fuga del día. En el primer repecho, Pulga, Luis Hebert y Pablo encendieron el motor. Como si Roglič, Pogacar y Evenepoel estuvieran disfrazados de ciclistas domingueros, atacaron con fuerza demoledora. Pulga y Luis Heber, emplatados y con mirada de pocos amigos. Pablo resistía como podía, a rueda, con la determinación de un gregario con alma de líder.

Detrás, el grupo perseguía sin mucha esperanza. Marcolino y Pachito se trenzaban en un duelo más apretado que un sprint de Sanremo. Pachito, por una uña de gato, lo superó. Luis Hebert coronó primero. Pulga a rueda. Pablo pisándole los talones. Pero…¡zas! El infortunio mecánico: Pulga pinchó.

El acompañante de la moto lo asistió como buen ángel de la guarda. La noticia la trajo Nobile en el carro, con tono de crónica roja, Luis Eduardo pinchó, se ha quedado despinchando con la moto.

Mientras Orlando, Marcolino y Pachito se confabulaban y decidían hacer el retorno en el cruce para desayunar y ver el final del Giro (¡tremenda TV HD, por cierto!) en el restaurante "el Marrano".

Todos los demás otros se encaminaron al Alto del Sisga, para cumplir con lo progarmado.

Tras un arranque competitivo que ya había dejado piernas ardidas desde El Roble, el grupo que decidió coronar el Alto del Sisga se organizó, apretó dientes y empezó a subir con determinación. Las nubes cobijaban el asfalto como si supieran que estaban presenciando una epopeya digna del Giro de Italia. Y aunque no había helicóptero ni cámaras, había algo más importante: voluntad de acero, corazones bombeando pasión y un grupo de amigos escribiendo su leyenda.

Pablo Torres, la sombra tenaz Subía con un paso firme, medido, pero ambicioso. Tenía esa mezcla entre estratega y martillo que solo los grandes rodadores conocen. "No vine a mirar el paisaje, vine a dejar huella." .sentenció,

A falta de 500 metros lanzó un ataque sorpresivo, coronando en primer lugar. Pablo, el caballero del pedal, selló así su ascenso con clase.

Luis Hebert Ardila, el león constante Siempre en la pelea, nunca resignado, fue el primero en lanzarse al frente junto a Pablo. Respondía ataques y marcaba el ritmo con elegancia. “La cima no me intimida, me motiva”. Aunque terminó segundo, dejó claro que es uno de los grandes referentes del grupo.

Henry, el tren que no se detiene, con un paso disciplinado, sin exabruptos, pero sin pausa, demostró que el trabajo silencioso rinde frutos. “No soy el más rápido, pero nunca me rindo.” Cruzó la meta en cuarto lugar, y dejó claro que su constancia es su superpoder. Henry Sisga Ud.

Alberto Rivera, el cóndor de las bajadas, el abogado que en descenso no acepta impugnaciones ni apelaciones, aunque la subida no es su terreno predilecto, lo dio todo. “Cuando el aire escasea, saco alas de coraje.” Subió con pundonor y coronó en quinta posición.

Luego lo celebrarían con los brazos abiertos como quien abraza la gloria. Javier Velandia, el reportero escalador Narrador y ciclista, se le encomendó la misión de llegar antes para capturar la foto del momento. Pero eso no impidió que apretara el paso en el tramo final. “Mis piernas escriben, mi alma registra.” Llegó justo a tiempo, con la cámara lista y el corazón latiendo fuerte.

Pulga (Luis Eduardo Pulgarín), el guerrero del retraso glorioso Pinchó en el primer puerto, perdió al grupo, el teléfono no respondía, el de la moto tampoco. Pero con una fuerza que nace del amor al ciclismo, escaló el Sisga solo, sin compañía, sin referencias, solo con su voluntad. “No importa cuándo llegue, sino que llegue pedaleando.” Cuando apareció, 10 minutos después. Nobile, la centinela de los suyos Aunque no pedaleó, subió atenta, preocupada por Pulga. “Mi fuerza no está en las piernas, está en el corazón que acompaña.” Gracias a ella supimos del valiente solitario.

La subida no se mide solo en watts, también en amor. Los de Sesquilé ya estaban instalados en el restaurante Bohórquez, haciendo barra por los escarabajos del Giro. En ese instante, apareció Pulga en solitario, con la mirada fija en el alto. Subió como si estuviera escapando del olvido. ¡Qué corazón! ¡Qué pulmón! ¡Qué amor por este deporte! Foto oficial, abrazo, y descenso hacia el banquete.

Con barriga llena y piernas frías, se reanudó la etapa. Pablo decidió ir en el carro, con la intención piadosa de llegar a misa (no se logró, pero el gesto valió).

En el repecho del Roble, los cuerpos reaccionaban como podían. Alberto lanzó la fuga, Luis Hebert y Pulga la controlaban. Apareció una bella ciclista, solitaria y elegante. Pero en el repecho, se quedó. Ninguno la esperó. ¡Caballeros, la próxima vez al menos ofrézcanle rueda, más que sea!

Pasando Briceño, Orlando, quien supuestamente venía en difícil convalescencia o (¡ja!), lanzó un ataque. Javier y Pulga se prendieron. Orlando se olvidó de su cardiólogo. Javier respondió como Valverde en sus mejores años.

Nobile desde el carro gritaba: “¡Javier, eso es trampa!”. Javier se hizo el sordo. A 4 km del final, el carro se retiró… y comenzó el sprint. Orlando se lanzó primero, Javier lo cazó y Pulga reventó.

Luis Hebert se venía encima, pero el viento era infernal. Henry cortaba como podía. Marcolino, Pachito y Alberto mantenían un pulso milimétrico. Al final, Javier se llevó la victoria.

Orlando, entre jadeos y sonrisas, fue segundo. Pulga, tercero, con el orgullo intacto. Luis Hebert, cuarto, aún con fuerza para saludar.

Henry cerró en quinto, seguido de los tres mosqueteros: Alberto, Marcolino y Pachito, con el mismo tiempo. Orlando Carrillo, el actor que al parecer interperetó magistralmente el papel del paciente en convalescencia, fingió molestia, prometió moderarse, habló de pulsaciones y salud… pero se delató, supimos que era puro teatro. Terminó segundo, con una sonrisa de pícaro. “Cuando el cuerpo duda, el corazón acelera.” Le puso drama, comedia y un cierre digno de óscar.

Marcolino Barrera, el roble imbatible Está fuerte, aguantó el ritmo, no se le pudo soltar fácilmente. Aunque no disputó el sprint final, mantuvo su lugar con dignidad y temple. “No corro, resisto. No cedo, me mantengo.” Otro gran desempeño que demuestra que el trabajo entre semana se nota.

Pachito, el incansable llegó pedaleando desde su casa, acumuló más de 100 km en total, y aún así remató con lo que le quedaba. No se colgó, no se quejó, simplemente cumplió como un titán. “El kilometraje es mi medalla, y el sudor, mi orgullo.” Un verdadero gladiador del asfalto.

El grupo se reencontró en el asadero de Don José, entre hidratación, risas, bromas, teorías conspirativas (“el viento estaba en contra”, “yo iba con freno puesto”...) y planes para la próxima salida.

La tertulia, ese espacio sagrado donde las palabras ruedan tan ligeras como las bicicletas, fue el verdadero podio del día.

Y así concluyó esta jornada épica, tejida con sudor, carcajadas, piques y pedalazos. En un mundo donde las prisas mandan, este grupo encontró tiempo para vivir, para rodar, para compartir. Porque cada domingo no solo se corona un puerto, se construye hermandad sobre dos ruedas.

Hasta la próxima etapa, donde las piernas dirán una cosa, la cabeza otra… y el corazón lo decidirá todo.

Felicidades en la próxima semana.