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Bogotá, agosto 2 de 2026

ENTRE EL VINO, EL VIENTO Y EL PICO Y PLACA: UNA RODADA DE CICLOBR CON MÁS INTRIGA QUE UNA NOVELA

JAVIER YESID VELANDIA LEAL - JAVIVE

Agosto en Colombia tiene dos cosas que nadie puede ignorar: las cometas volando como si tuvieran vida propia y esos vientos hijueputas que aparecen de la nada y se encargan de recordarle al ciclista que la bicicleta también puede ser una máquina de sufrir. Y precisamente en ese escenario se cocinó la rodada de CicloBR de este domingo 9 de agosto de 2026, una salida que comenzó con más dudas que certezas, pasó por el mítico Alto del Vino, tuvo amenaza de lluvia, debate por el pico y placa regional, desayunos de campeonato, entrenamientos en zona 4 y 5, abogados en bicicleta, un Audi salvador y terminó dejando una conclusión que debería quedar escrita en piedra: no le coman a la lluvia, lleguen al punto de encuentro y si está lloviendo, ¡pues desayunamos y nos devolvemos, carajo!
Todo comenzó, como ya es costumbre, con el acostumbrado debate democrático de CicloBR en el grupo de WhatsApp. Orlando, fiel a su tradición, puso la encuesta para medir el quorum y saber si había suficientes valientes para enfrentarse a la carretera. Esta vez aparecieron ocho confirmaciones, número que inicialmente parecía suficiente para armar una buena grupeta y hacer una salida como Dios manda. También quedó definido el conductor elegido para este turno: Armandito, quien tendría la noble responsabilidad de poner el carro, transportar a los ciclistas que eventualmente desertaran y, como se verá más adelante, prestar su flamante Audi para una misión de rescate de alta importancia.
Pero el fin de semana venía con dos enemigos poderosos. Por un lado, el clima, porque en buena parte de Bogotá amaneció lloviendo. Por el otro, el temido pico y placa regional, esa medida que cada cierto tiempo obliga a los ciclistas que tienen carro a mirar el reloj más que el ciclocomputador. Entre la lluvia y la restricción, comenzaron las dudas. El grupo pasó rápidamente de “vamos con toda” a “¿será que sí?” y, como era de esperarse, empezaron a aparecer los que se bajaron del bus antes de llegar a la estación.
El primero en anunciar su retiro fue William, seguido por Héctor Pedraza. La lluvia había hecho su trabajo psicológico antes de que siquiera tocaran la bicicleta.

Sin embargo, en CicloBR apareció una propuesta sensata de Alberto, democrática y perfectamente compatible con la dignidad del ciclista: “Lleguemos al punto de encuentro y si está lloviendo, desayunamos y nos devolvemos”. Esa propuesta tuvo buena acogida entre los que todavía conservaban algo de espíritu aventurero y no le tenían miedo al agua. Porque una cosa es mojarse y otra muy distinta es salir desde la casa con ganas de sufrir por deporte cuando afuera parece que se va a caer el cielo.
Y aquí fue donde apareció el verdadero elenco de esta aventura. Al punto de encuentro llegaron:

Wilfran Díaz, quien tomó está imagen, Héctor Villamil, invitado de Alberto, Alberto Rivera, Armandito nuestro conductor elegido, Guillermo Durán, Oscar Tascón el famoso valluno ve, Javier Velandia, conocido en estas páginas como Javive, quien escribe estas líneas y Duberney Marín, quien nos alcanzó en el Vino.

Ocho hombres dispuestos a pedalear, aunque todavía quedaba una sorpresa en el camino. Guillermo, al ver la nómina, soltó una de esas frases que explican perfectamente la composición profesional de la grupeta: “Tres abogados en la grupeta”. Y de inmediato apareció la conclusión lógica: uno para cada ciclista en caso de percance en la vía. Porque en CicloBR no solamente se pedalea, también se garantiza asesoría jurídica en caso de que una subida termine en litigio con las piernas.


Mientras unos dudaban por la lluvia, Wilfran Díaz decidió que él no le comía al agua. El hombre salió en bicicleta desde su casa. William, que inicialmente había pensado acompañarlo, finalmente lo dejó plantado porque le dio pereza. Wilfran, sin embargo, llegó al punto de encuentro un poquito mojado, pero con algo que vale más que cualquier impermeable: compromiso. Porque esa es una de las cualidades que se destacan en esta grupeta: siempre hay alguno dispuesto a hacer el esfuerzo adicional. Y Wilfran, en esta ocasión, puso el ejemplo. Si llueve, se moja. Si hace frío, se abriga. Si hay subida, se sube. Y si hay viento, pues se putea un poquito y se sigue.


Más tarde, cuando ya se acercaba la hora acordada, don Guillermo apareció en el grupo de WhatsApp anunciando que venía por el Puente de Guadua. La operación CicloBR estaba tomando forma. Llegó la hora pactada y apareció otro elemento fundamental de toda rodada: la alimentación. Armandito, además de conductor elegido, cumplió como proveedor oficial de energía.

Recibimos el delicioso refrigerio compuesto por chocorramitos, jugos Hit y bananos. Armandito, muy precavido él llevaba 18 bolsitas teniendo, en cuenta los confirmados en la encuesta, más seis invitados que anunció Guillermo, más el márgen de error que calculó como buen ingeniero. ¿qué hizo Armandito con los refrigerios que le sobraron?, averiguaremos y al final de este relato les informaremos. Por ahora nuestro agradecimiento, por tan elegante detalle, en nombre de los que asistimos y los que lo dejaron con las bositas preparadas

Todo quedó estratégicamente distribuido en las bolsas de las jerseys, porque el ciclista podrá olvidar las gafas, la bomba, incluso hasta el casco, pero jamás debe olvidar dónde está el banano.


Con las reservas energéticas aseguradas y la amenaza de lluvia todavía rondando en el ambiente, nos presentamos formalmente a Héctor Villamil Jiménez, abogado e invitado de Alberto, quien se integraba por primera vez a la grupeta. Después de las respectivas presentaciones, saludos y ajustes de bicicletas, nos dispusimos a rodar pasadas las 7:30 de la mañana. La ruta inicialmente planteada era Alto del Vino, primera entrada de San Francisco y regreso, pero debido al pico y placa regional que afectaba a Armandito, Oscar y a Guillermo, decidimos ajustar la estrategia. La idea era llegar solamente hasta la Quebrada del Vino, evaluar el tiempo y regresar con suficiente margen para que nuestros compañeros pudieran entrar a Bogotá antes de la restricción.
Salimos desde la estación de gasolina Terpel, en el parqueadero de Altoque, en Siberia, y tomamos la vía hacia el Alto del Vino. El puerto es uno de los clásicos de la Sabana de Bogotá y no necesita presentación para los ciclistas de la región. Es una subida que, dependiendo del punto exacto de medición y de la ruta tomada, ronda varios kilómetros de ascenso sostenido, con pendientes que normalmente se mueven alrededor del 5 % al 7 %, aunque tiene algunos sectores donde la carretera se pone más seria y las piernas empiezan a preguntar si de verdad era necesario salir de la casa un domingo. El ascenso completo desde la zona de Siberia hasta la parte alta representa un desnivel cercano a los 400 metros, suficiente para que el desayuno todavía estuviera en la memoria pero las piernas ya estuvieran negociando condiciones laborales.
Y mientras avanzábamos, unas nubes negras comenzaron a instalarse sobre la montaña. Aquello parecía una película de suspenso. Nadie decía mucho, pero todos mirábamos hacia arriba tratando de descifrar si el cielo simplemente estaba amenazando o si realmente pensaba descargar el aguacero del siglo. Por fortuna, el clima fue condescendiente con nosotros. Las nubes se quedaron en amenaza y no pasaron a mayores. Eso sí, agosto no perdonó con el viento, porque las cometas estaban volando por algo y nosotros descubrimos que algunas ráfagas parecían tener especial interés en devolvernos para Bogotá.

Ya acercándonos al peaje apareció la primera sorpresa del día. Duberney Marín, quien no había confirmado su participación en la encuesta, apareció pedaleando y se incorporó al grupo. Como buen ciclista, no necesitó invitación formal ni alfombra roja. Simplemente llegó. Uno más para la grupeta. Y con él apareció también la pregunta que siempre surge cuando se incorpora alguien con buen ritmo: “¿A qué velocidad vamos?”. La respuesta fue clara: alrededor de 30 kilómetros por hora en los tramos favorables, buscando ganar tiempo para que quienes tenían pico y placa pudieran regresar sin jugarse una multa.
La carretera estaba llena de ciclistas. El Alto del Vino, como buen puerto mítico de la Sabana, tenía ambiente de domingo: bicicletas por todas partes, grupos grandes, parejas, solitarios y uno que otro ciclista con cara de estar pagando alguna deuda de la semana. Nosotros seguimos tranquilos, organizados y tratando de no gastar pólvora antes de tiempo. La meta inmediata era la pata del Vino y, una vez allí, comenzaría la verdadera conversación entre las piernas y la cabeza.
Cuando empezó el ascenso serio, Dubernei reveló su carta. El hombre tenía tarea de su entrenador: cinco horas de bicicleta trabajando en zona 4 y zona 5. Traducido al idioma de los mortales, eso significa que mientras algunos estamos intentando sobrevivir dignamente, él estaba haciendo exactamente lo contrario: apretar como si le estuvieran cobrando una deuda.

Duber arrancó como una moto. Intenté seguirle la rueda, porque uno también tiene orgullo, pero hay momentos en los que el cuerpo manda un mensaje bastante claro: “Javive, no sea güevón”. A falta de aproximadamente dos kilómetros para coronar el Vino, Dubernei abrió una ventaja que ya no pude cerrar.

Mientras tanto, Wilfran iba en zona 2, recuperando base y haciendo algo que en el ciclismo vale oro: controlar el esfuerzo.

Guillermo y Oscar avanzaban a su propio ritmo, con Oscar estrenando su bicicleta de gravel Look, una máquina bastante bonita que esperamos que disfrute y, por supuesto, que utilice para participar activamente en el leñero de CicloBR. Porque una bicicleta nueva puede ser muy bonita, pero después de unas cuantas rodadas con esta grupeta deja de ser bicicleta de vitrina y empieza a convertirse en herramienta de sufrimiento.


Más atrás venían Alberto y Héctor, avanzando a paso de abogados. Nadie sabe exactamente qué venían discutiendo. Quizás estaban analizando la responsabilidad civil derivada de una caída en curva, o tal vez simplemente iban hablando de cualquier cosa mientras las piernas hacían el trabajo. Lo cierto es que tardaron un poquito más en llegar. Y también era comprensible, porque Héctor llevaba bastante tiempo sin montar y todavía se encontraba en recuperación de una cirugía. Aquí vale destacar algo que caracteriza a esta grupeta: cada quien rueda de acuerdo con sus condiciones, sin necesidad de demostrarle nada a nadie. El objetivo es llegar, disfrutar y volver a casa entero.
Coronado el primer puerto del día, llegó la recompensa.

A eso de un kilómetro después de pasar el pueblito del Vino encontramos el restaurante El Colibrí, un viejo conocido de CicloBR. La última vez que habíamos estado allí nos había ido bien y esta vez no fue la excepción.

La mesa comenzó a llenarse de auténtica medicina para ciclistas: caldo de pata, caldo con huevo, arepita y tintico de cortesía. En ese momento nadie estaba pensando en calorías, macros, carbohidratos ni recuperación muscular. En ese momento lo único importante era que la comida estuviera caliente y que apareciera rápido.
Y hablando de comida, debemos detenernos un momento en el desayuno de Héctor. El hombre no fue a desayunar, fue a presentar una propuesta gastronómica completa. Mientras algunos estábamos intentando guardar espacio para seguir pedaleando, Héctor se tomó el asunto con absoluta seriedad. Más adelante entenderíamos por qué necesitaba semejante desayuno: después de tanto tiempo sin montar y con la responsabilidad de acompañar la salida, era mejor cargar combustible que quedarse tirado en la carretera pidiendo auxilio a los abogados.
Pero mientras nosotros disfrutábamos el desayuno, Duberney tenía otra misión. El muchacho siguió de largo rumbo a San Francisco porque su entrenamiento exigía cinco horas en zona 4 y 5. Ahí uno entiende que hay niveles y niveles. Mientras nosotros discutíamos si íbamos hasta El Chuscal, Duber probablemente estaba pensando en cuántos minutos de sufrimiento le faltaban para completar la tarea del entrenador. Ese joven está en otro cuento y eso hay que reconocerlo.

Después del desayuno apareció el debate táctico del día. ¿Seguimos hasta El Chuscal o regresamos? Guillermo puso sobre la mesa el argumento definitivo: el pico y placa no perdonaba y el tiempo comenzaba a jugar en contra.

Así que Alberto, Héctor, Oscar y Guillermo decidieron regresar desde ese punto. Wilfran y Javive, en cambio, decidimos continuar hasta El Chuscal. Duberney ya estaba haciendo su propio entrenamiento y no contaba para nuestras decisiones tácticas.
Wilfran tomó el mando de la subida. Y aquí tengo que reconocerlo públicamente: el hombre venía aplicando los conocimientos que ha aprendido con el profesor y me fue dando tips durante el ascenso. Ritmo controlado, paciencia, manejo de la zona 2 y nada de salir como loco a gastar las piernas en los primeros kilómetros. Y vaya que funcionaron. Subí fresco, con piernas para más y terminé haciendo récord personal en Strava en ese segmento. Así que desde estas líneas queda oficialmente registrado: gracias, Wilfran. Ese día no solamente me acompañaste, también me enseñaste que a veces subir más rápido significa, paradójicamente, aprender a subir más despacio.
Mientras nosotros seguíamos hacia El Chuscal, Duberney continuaba con su entrenamiento. Esta vez no logró alcanzarnos y terminamos sacándole aproximadamente once minutos de ventaja. Pero esos once minutos no deben confundirse con una victoria sobre Duber. El hombre simplemente estaba cumpliendo su tarea de entrenamiento y nosotros estábamos haciendo nuestra propia versión del sufrimiento. En ciclismo hay que saber diferenciar una competencia de una salida de entrenamiento, porque de lo contrario uno termina creyendo que es Pogacar después de ganarle una subida a un compañero.
Por delante, el primer grupo seguía firme. Guillermo, Oscar y Alberto pedalearon a ritmo constante, poniendo el pecho al viento y, finalmente, también a la lluvia. Porque mientras Wilfran y Javive tuvimos que soportar principalmente los fuertes vientos de agosto, a nuestros compañeros les tocó una versión más completa del paquete climático. Lluvia, viento y carretera. El orden de llegada fue Guillermo primero, seguido de Oscar y Alberto. Héctor, por su parte, se quedó un poco atrás debido al tiempo que llevaba sin montar y a su proceso de recuperación.
Y aquí apareció nuevamente Armandito, esta vez convertido en conductor de rescate. Héctor Villamil, como mencionamos venía de una operación. tratí de resistir la tentadora invitación de Armadito para abordar el auto, pero finalmente tuvo que abandonar la bicicleta, lo tuvo que ayudar para evitar que se desplomara, dice Armando que ya venían fallando sus fuerzas y encima los calambres amenazaban sus piernas; lo curioso es que como traía el carro escolta chicaneaba con un par de damitas que tambien flaqueaban y las invitaba a que se subieran: "ese de atras es mi carro si quieren nis subimos" , al final no le aceptaron la propuesta y le tocó subirse al flamante Audi de Armandito. Según la versión oficial, esta sería la primera vez en 38 años que Armandito deja subir a alguien a ese Audi.

Había que dejar a Héctor en la Terpel para que pudiera entrar a Bogotá antes del pico y placa. Así que el Audi terminó prestando un servicio humanitario y demostrando que, cuando la cosa se pone complicada, hasta los carros de lujo terminan haciendo logística de ciclismo.
Más atrás veníamos Wilfran y Javive, enfrentándonos a uno de los verdaderos protagonistas de la jornada: el viento. Y aquí va una confesión de cronista: la vuelta se sintió más dura que la propia subida al Vino. Porque cuando uno sube, por lo menos sabe quién es el enemigo. La pendiente está ahí, visible, esperando. Pero el viento es un HP silencioso. Uno pedalea, mira el ciclocomputador y ve que va a 22 kilómetros por hora haciendo el esfuerzo de alguien que cree que está a 35. Y lo peor es que no hay nada que reclamarle. Es simplemente agosto haciendo de las suyas.
Llegamos finalmente al puente de Siberia y llegó la llamada de rigor para saber dónde estaba Duberney. Había que asegurarnos de que el hombre estuviera bien, especialmente porque él y Wilfran habían salido desde sus respectivas casas en bicicleta y todavía tenían que completar el regreso. Después de la comunicación, ellos siguieron de largo. Más tarde, en el grupo de WhatsApp, ambos se reportaron sin novedad y confirmaron que habían llegado bien. También don Guillermo apareció en el grupo junto con Oscar, cerrando oficialmente otra jornada de carretera.
Yo, por mi parte, tuve una pequeña minitertulia con Alberto y Héctor en la estación. Una bebida hidratante, conversación de rigor y para la casa. Así terminó una salida que, aunque finalmente fue más corta de lo que inicialmente habíamos planeado, resultó sustanciosa como un buen caldo de pata después de subir el Vino. Hubo lluvia, hubo viento, hubo entrenamiento, hubo récord personal, hubo bicicleta nueva, hubo abogados, hubo Audi, hubo desayuno, hubo pico y placa y, sobre todo, hubo ganas de rodar.
Y esa es precisamente una de las grandes cualidades de CicloBR. Aquí no todos tienen el mismo nivel, ni la misma bicicleta, ni la misma condición física, ni el mismo entrenamiento. Algunos están recuperando base, otros están trabajando zonas específicas, otros están estrenando bicicleta y algunos, como Duberney, están haciendo entrenamientos que parecen diseñados por un entrenador con problemas personales con sus clientes. Pero todos tienen algo en común: las ganas de compartir carretera. Y eso es lo que hace que una grupeta sea realmente un grupo y no simplemente un montón de personas que coinciden en una ruta.
Así que queda oficialmente establecida la nueva consigna de CicloBR para las próximas salidas: no le coman a la lluvia. Lleguen al punto de encuentro. Si está lloviendo, desayunamos y nos devolvemos. Y si decidimos salir, recuerden que las rutas con lluvia también hacen parte del ciclismo. Eso sí, lleven ropa de cambio, porque una cosa es ser valiente y otra muy distinta es llegar a la casa convertido en una toalla humana. También es importante ponerse de acuerdo con quienes tienen carro para que, cuando sea necesario, aparezca algún aventón salvador. Porque después de una rodada dura nadie quiere convertirse en estatua de hielo esperando transporte.
Y finalmente, una petición especial para todos los integrantes de CicloBR: comenten esta crónica. Díganme si les gustó, si no les gustó, si faltó algún detalle, si exageré, si me quedé corto o si quieren que en la próxima aparezca algún personaje especial. El cronista se alimenta de estas historias, de las anécdotas, de las puteadas después de una subida, de las carcajadas en el desayuno y de esos pequeños detalles que convierten una salida cualquiera en una historia que después terminamos contando durante meses.
Así que ya saben: comenten, compartan y denle un like, o mejor dicho, un dedo arriba si llegaron hasta aquí y les gustó. Porque detrás de cada crónica hay kilómetros de carretera, sudor, viento, lluvia, piernas cansadas y muchas ganas de volver a montar. La rodada de hoy terminó, pero la carretera sigue ahí, esperando la próxima aventura. Y seguramente vendrá otra encuesta de Orlando, otro debate en WhatsApp, otro clima de mierda, otro puerto para subir y, con toda seguridad, algún compañero diciendo “eso está suave” justo antes de una subida que nos va a dejar viendo estrellas.
Un abrazo grande para toda la familia de CicloBR. Gracias por pedalear, por aguantar el viento, por esperar al compañero, por compartir la carretera y por convertir cada domingo en una historia. Nos vemos en la próxima rodada, con las piernas listas, la bicicleta revisada, el banano en el bolsillo y, por favor, con ropa de cambio. Porque como quedó demostrado este 9 de agosto, uno nunca sabe si va a terminar pedaleando, desayunando, mojado, montado en un Audi o haciendo las tres vainas al mismo tiempo.

Como lo prometido es deuda, les cuento qué hizo Armandito con la cantidad de refrigerios que le sobraron por la ausencia de algunos que confirmaron y de los invitados. Pues imagínense que yendo para la mona había un retén policial, Armando le pasó la bolsa a los agentes y les dijo que tomaran lo que quisieran, así que de paso hizo una buena obra con la policía.
Hasta la próxima rodada, ciclistas. Y recuerden: el que no le come a la lluvia llega al punto; el que no llega, se pierde el desayuno. ¡Nos pillamos en la carretera, colegas!

 

Nota: Ahora en el papel de editor, antes de cronista si que entiendo la solicitud de Javier, escribir una crónica un domingo especialmente luego de haberla luchado sobre la bici, no es fácil, es un sacrificio, que no todos están dispuestos a hacer; sentarse frente un teclado cuando las piernas te están haciendo el reclamo, cuando la cama te llama pidiendo el descanso y los ojos tratan de empiyamarse, no es fácil. Con el tiempo se aprende a vencer el cansancio y a pedalear con el teclado.

Es además un ejercicio de memoria, la crónica comienza en la cabeza de quien la escribe desde que se encuentra con sus colegas antes de iniciar un recorrido y ese ejercicio de memoria continúa, mientras vamos camino a casa y al prender el PC.

Hemos contado con la suerte de que Javier y Oscar se hayan integrado al grupo de cronistas y a fe de que lo hacen de maravilla, al igual que Pablito y Alberto.

Como dice Javive no se escribe pensando en que al otro día se recibirán flores ni halagos, solo se busca contar esa historia que se vivió para que otros la lean en la web; pero un simple emoticón de quienes se toman la molestia de leer, es un aliciente que compensa el esfuerzo, incluso una observación por algo que no nos quedó bien, es tambien un buen indicativo de que si hay alguien que lee el relato y un aliciente para continuar con esa tarea.

En la pasada crónica, quedó la sensación de que nadie la leyó, pues ninguno de nosotros le dio un "feed back" a Javive y me incluyo en la lista.

Esa labor veces se ve como algo de rutina algo que por obligación lo debe hacer, pero detrás de cada frase, de cada párrafo en la crónica hay un sacrificio y un querer acertar, que amerita por lo menos ese "like" o una observación que pide Javive para saber que el texto fue del interés de sus compañeros o si hubo un error en la historia.

Parte de la gran diferencia de CicloBR con otros grupos de ciclismo aficionado son esos relatos que quedan cada domingo, sin falta para que quienes no pudieron asistir se enteren, quienes estuvieron presentes la revivan. Tenemos además un numeroso grupo de lectores en Colombia e incluso en otros países que nos leen.

 


 

 

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