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Bogotá, agosto 2 de 2026
AGOSTO, COMETAS, VIENTO Y PÓLVORA EN LAS PIERNAS: LA MISIÓN SECRETA DE CICLOBR HACIA PUERTO ARAUJO
JAVIER YESID VELANDIA
Agosto llegó a Colombia con sus cometas, sus vientos atravesados y ese clima que uno nunca sabe si quiere regalarle al ciclista una mañana gloriosa o mandarlo a la mierda a mitad de carretera. Es el mes en que el cielo se llena de colores, pero también en el que las bicicletas de los pobres mortales descubren que el viento de frente tiene una extraña habilidad para convertirse en una pared invisible. Y como en CicloBR no aprendemos, o mejor dicho, aprendemos pero nos hacemos los pendejos, decidimos que la mejor manera de recibir este mes era programando rutas de dificultad media, muchos kilómetros y, por supuesto, varios puertos de montaña para recordarles a las piernas que todavía tienen una función más digna que pedalear hasta la tienda por una gaseosa.
La historia de esta aventura comenzó varios días antes de que alguien se pusiera el casco. Como ya es tradición en el grupo, se armó el respectivo debate en el WhatsApp para definir la programación de agosto. Y cuando digo debate, ustedes ya saben: unos proponen, otros opinan, otros están de acuerdo, otros no están de acuerdo pero tampoco dicen ni mu, y siempre aparece el personaje que lee todos los mensajes, analiza la situación como si fuera una junta directiva de la NASA y finalmente responde tres días después con un pulgar arriba. Esta vez, sin embargo, hubo algo particularmente positivo: varios colegas estuvieron muy acuciosos y propusieron sus propias rutas para el mes. Eso demuestra que CicloBR sigue vivo, participativo y con ganas de rodar, aunque algunos integrantes tengan la extraña costumbre de participar más en la planeación que en la carretera.
Las propuestas fueron sometidas a votación entre los afiliados y, después de la respectiva democracia ciclística, quedó definida la programación de agosto. Orlando Márquez se encargó de compartirla en el grupo con un nuevo diseño del póster, () porque en CicloBR podemos sufrir subiendo una montaña, pero jamás perder el estilo.
El nuevo diseño quedó bastante elegante, aunque el contenido era una amenaza disfrazada de calendario: agosto venía cargado de rutas de dificultad media y muchos kilómetros para sumar. En otras palabras, no había excusas. Bueno, siempre habrá alguna, porque el ciclista tiene una imaginación extraordinaria cuando se trata de explicar . Que llovió, que hizo viento, que amaneció oscuro, que la almohada estaba pesada, que la esposa no dejó, que el perro se enfermó, que la bicicleta estaba triste. Pero esta vez la programación estaba ahí, publicada y aprobada, así que el que no saliera tendría que inventarse una excusa de categoría internacional.
Con la programación lista, Orlando Márquez puso en el grupo la encuesta para comprobar si había quórum para la salida del domingo 2 de agosto. Y, para sorpresa de propios y extraños, llegaron diez confirmaciones: nueve pedalistas y un conductor elegido. Eso, en términos de CicloBR, ya podía considerarse una asistencia masiva. Pero la verdadera sorpresa fue la confirmación de Eduardo Bedoya, antiguo participante del grupo y pedalista siempre bienvenido. Eduardo volvió a aparecer en escena, demostrando que hay ciclistas que pueden alejarse un tiempo, pero que tarde o temprano terminan sintiendo nuevamente ese llamado inexplicable de la carretera, ese deseo de levantarse temprano un domingo para ir a sufrir voluntariamente mientras otros ciudadanos normales todavía están durmiendo.

Y como si fuera poco, también apareció John Bedoya, hijo de Eduardo, aunque esta vez solo para saludar. El hombre anda en otro nivel, preparando nada más y nada menos que el Giro de Rigo, así que comprenderán que para él una salida con CicloBR puede ser algo parecido a una caminata recreativa. Mientras nosotros estamos discutiendo si la pendiente tiene siete o nueve por ciento, John probablemente está pensando en cuántos vatios necesita para subirla sin despeinarse. Así que el saludo fue recibido con cariño y respeto, porque en CicloBR sabemos reconocer cuando alguien está jugando en otra liga.
Y antes de continuar con semejante aventura, venga les cuento quiénes fueron los valientes que decidieron presentarse. El grupo estuvo conformado por Oscar Tascón, el valluno que siempre llega con ese particular “ve” que parece venir incluido de fábrica; Eduardo Bedoya, nuestro invitado especial y pedalista siempre bienvenido; Héctor Pedraza, que regresaba a la dinámica dominical; Javier Fernández, otro de los que también había estado alejado por asuntos personales y familiares; Luis Eduardo Pulgarín, conocido cariñosamente como Pulga; William Durán Tascón Duarte, o simplemente Willy para evitar que se nos vaya el domingo pronunciando el nombre completo; Henry Charry, nuestro querido Charrito; Wilfran Díaz, escalador liviano y hombre peligroso cuando la carretera empieza a mirar hacia arriba; Orlando Carrillo, Cariño, quien esta vez además de pedalista cumplió la noble misión de ser conductor elegido; Orlando Márquez, encargado de buena parte de la organización y de mantener vivo el espíritu administrativo de esta banda de locos quien hoy fungió como copiloto; y quien escribe, Javier Velandia, Javive, encargado junto con Orlando de ponerle palabras a lo que las piernas no pueden explicar.
Esta crónica, por cierto, se escribe a dos manos, porque una sola no alcanza para contar todo lo que pasó. Javive y Orlando decidimos unir esfuerzos para dejar constancia de esta jornada, aunque todavía queda la duda de si esto es una crónica deportiva o un documento judicial que algún día podría ser usado como prueba en contra de varios de los aquí mencionados.
La cita estaba programada en el parqueadero del supermercado Zapatoca, punto de partida habitual para esta expedición. Y aquí debemos hacer una pausa para reconocer una mejora de infraestructura que puede cambiar para siempre el futuro de CicloBR: el parqueadero fue ampliado. Sí, señores. Ya no hay excusas para la próxima salida. Se acabaron los “no fui porque no había dónde dejar el carro”, “me tocó parquear a tres cuadras” o “no encontré espacio y me devolví”. El parqueadero del Zapatoca ahora está ampliado, así que esperamos ver asistencia masiva. Claro que siempre habrá alguien capaz de llegar tarde y decir que no encontró puesto, pero ya conocemos a esta gente.
A las 7:12 de la mañana, el grupo estaba prácticamente completo. Poco a poco fueron llegando los arriesgados pedalistas del día, esos seres humanos que voluntariamente abandonan la comodidad de la cama para enfrentarse a una ruta que, aunque relativamente corta en distancia, tiene suficiente montaña para poner a prueba las piernas, la cabeza y, en algunos casos, la relación con la bicicleta. La ruta escogida era Mondoñedo, Curubital, Puerto Araujo y regreso, un recorrido que, dependiendo del trazado exacto y las variantes tomadas, ronda aproximadamente los 70 kilómetros y acumula una altimetría cercana a los 1.000 metros positivos. El Alto de Mondoñedo es el primer filtro serio, con rampas que en algunos sectores se acercan al 8 y 10 por ciento, mientras que el paso hacia Curubital y Puerto Araujo suma otra buena dosis de carretera ondulada, repechos y falsos planos. No es una ruta interminable, pero tampoco es de esas en las que uno puede salir diciendo “hoy voy suavecito”. Aquí las piernas pagan peaje.
El clima, como corresponde a un domingo de agosto en Colombia, también quiso participar en la aventura. La mañana arrancó fresca, con temperatura agradable para pedalear, pero con ese viento típico de agosto que aparece cuando menos se necesita. El cielo se mantuvo relativamente favorable, pero el viento cruzado y de frente fue un actor permanente, especialmente en los descensos y sectores abiertos. Agosto es el mes de las cometas, pero para los ciclistas también es el mes de descubrir que una camiseta holgada puede convertirse en una vela de navegación y que una rueda de perfil alto puede hacer que uno parezca estar pedaleando sobre una tabla de surf.
Después de los saludos correspondientes, las bromas y la respectiva recocha, llegó el momento de recibir el refrigerio cortesía de Cariño.

Platanito, mezcla de frutos secos, agua y la infaltable chocolatina Jet. Porque si hay algo que un ciclista colombiano entiende es que una chocolatina puede convertirse en combustible emocional en los momentos más difíciles. La nutrición deportiva moderna habla de carbohidratos, glucógeno y recuperación. CicloBR habla de “deme una Jet que estoy llevado del putas”.
Con el refrigerio recibido, se hizo la distribución de la expedición. Había que decidir quién llegaría hasta Curubital y quién tendría la osadía de continuar hasta Puerto Araujo. Héctor, Pulga, Eduardo y los dos Orlandos irían hasta Curubital. Los demás, Wilfran, William, Oscar, Henry y los dos Javieres, continuaríamos hasta Puerto Araujo. La decisión quedó tomada y, como ocurre en todo grupo de ciclismo, todos estuvieron de acuerdo con mucha seguridad hasta que llegó el momento de pedalear.
A las 7:44 de la mañana, arrancamos. Las bicicletas comenzaron a moverse rumbo al primer gran objetivo de la jornada: el Alto de Mondoñedo. El tramo inicial permitió que el grupo se pusiera al día con los chismes ciclísticos, porque una salida de CicloBR sin información de última hora simplemente no es una salida completa.

Entre pedal y pedal nos enteramos de que Oscar y Guillermo habían estado el día anterior en Romeral. Para Oscar era su primera vez allí y, según sus propias palabras, la había visto “chiroza”. Eso, viniendo de Oscar, podía significar cualquier cosa, desde “estuvo bonita” hasta “casi me muero, pero no quiero admitirlo”.
Oscar también comentó que ese día iba a comprobar si era capaz de bajar hasta Puerto Araujo. El comentario quedó flotando en el ambiente, porque todos sabemos que una cosa es decirlo tomando tinto y otra muy diferente hacerlo cuando las piernas llevan varios kilómetros acumulados y la carretera comienza a cobrar intereses.
Pero la verdadera noticia del día era que Oscar pronto cambiaría de bicicleta. Se iba a montar en una Look. Y no cualquier día: el próximo fin de semana. Eso generó inmediatamente el respectivo análisis técnico del grupo. Porque en CicloBR somos expertos en bicicletas, aunque algunos no sepamos explicar exactamente qué hace cada componente. Pero una bicicleta nueva siempre es motivo suficiente para hablar de peso, geometría, carbono, ruedas, rigidez y, por supuesto, precio. Aquí nadie pregunta cuánto costó. Uno simplemente mira la bicicleta, silba y dice: “ve, esa sí sube sola”.
También nos enteramos de que Eduardo Bedoya no venía entrenando con la misma disciplina de antes. Había adaptado la bicicleta de spinning de la casa con un simulador, pero él mismo reconocía que no era lo mismo. Y tenía razón. Una cosa es pedalear frente a una pantalla y otra muy distinta es sentir el viento, el olor de la carretera, los carros pasando, el compañero que se pone al lado a hablarle cuando uno apenas puede respirar y, sobre todo, esa inexplicable necesidad de perseguir a alguien que uno ni siquiera conoce.
Eduardo también comentó que las salidas desde Bogotá están cada vez más congestionadas y peligrosas, razón por la cual había reducido sus entrenamientos en carretera. Nosotros escuchamos con respeto, pero en el fondo no le creímos demasiado. Eduardo siempre había mantenido un muy buen nivel sobre la bicicleta, así que pensamos que seguramente estaba aplicando la clásica estrategia de bajar las expectativas antes de atacar. Sin embargo, cuando empezamos a subir el Alto de Mondoñedo, la realidad comenzó a hablar.
Y sí, señores. Efectivamente faltaba entrenamiento y para colmos se le zafó el pie del pedal y ríanse si le costó volver a subirse por la inclinación de la vía, luego de varios intentos Carrillo lo asistió sosteniéndole la bici hasta que pudo "remontar".
El grupo comenzó a ascender compacto y a buen ritmo. El Alto de Mondoñedo, con sus sectores que rondan entre el 6 y el 10 por ciento de inclinación, empezó a hacer su trabajo. La ruta estaba bastante concurrida. Había muchos ciclistas, algunos en grupos organizados, otros solitarios y otros con esa mirada perdida que solo aparece cuando uno se pregunta por qué carajos decidió salir de la casa.
Subimos juntos hasta aproximadamente la mitad del ascenso. Pero entonces apareció el factor William.
William tiene una particularidad que ya es patrimonio cultural de CicloBR: no puede ver una mujer atractiva subiendo en bicicleta sin que algo dentro de él active automáticamente el modo competencia. No importa si venía conservando energía, si acababa de desayunar o si llevaba las piernas cansadas. Si aparece una ciclista bonita, William prende la moto.
Y claro, no pasó mucho tiempo antes de que Wilfran tuviera que salir a controlarlo. Pero Wilfran tampoco desaprovechó la oportunidad. El hombre quería probar las piernas y decidió que aquel era el momento. Prendió la moto de verdad y salió disparado, dejó atrás a casi todo el mundo, incluyendo a su amigo Javi Fernández. Yo, Javive, intenté seguirle la rueda, pero aquel hombre iba como una flecha. Además, llevaba puesta la camiseta que le había prestado Pulga, una camiseta talla L que en el cuerpo de Wilfran, que normalmente usa talla XS, parecía más una bandera nacional desplegada en medio de una tormenta. Pero ni siquiera semejante vela de navegación logró detenerlo.
Wilfran siguió subiendo con su estilo de escalador, ligero, constante y con una facilidad que da rabia. Finalmente, William no tardó demasiado en llegar, seguido por Javi Fernández, Charry, Oscar “ve”, luego Pulga, Héctor y, muy cerca, Eduardo quien perdió mucho tiempo tratando de "enchoclar" en plena subida.
En ese momento todos nos miramos y dijimos: “Bueno, Eduardo no estaba mintiendo”.
Pero también sabemos que, si Eduardo se pone juicioso a entrenar, probablemente en una semana estará dándonos sopa y seco. Ese es el problema de los que tienen talento: uno les cree cuando dicen que están mal, pero también sabe que pueden aparecer cualquier domingo y recordarnos que las piernas tienen memoria.
Con el lote nuevamente reagrupado, iniciamos el descenso. El objetivo era tomar la vía hacia La Mesa y continuar con la ruta programada. El descenso fue controlado, porque había bastante tráfico, motos y una cantidad importante de ciclistas. En una ruta como esta, la prudencia no es opcional. Las bicicletas pueden bajar muy rápido, pero los errores también.
Llegó entonces el momento de dividir el grupo. Unos llegarían hasta Curubital y otros hacia Puerto Araujo. Los de Puerto Araujo, antes de continuar con la segunda parte de la aventura, decidimos hacer una parada estratégica para recuperar energía. Y aquí apareció uno de los grandes placeres de la gastronomía ciclista colombiana: caldo de papa con huevo, arepa de maíz y tinto.
No hay gel energético que compita con un buen caldo de papa después de una subida.
William y Charrito, sin embargo, decidieron elevar el nivel gastronómico y se antojaron de cuajada con papayuela. Sí, señores. Cuajada con papayuela. Ese tipo de combinación que uno normalmente espera encontrar después de un almuerzo familiar, pero que para estos dos guerreros del pedal era combustible de alta tecnología.
Pero como dice el viejo refrán que acabamos de inventar: entre gustos de ciclistas no hay disgustos. Cada quien sabe con qué alimento rinde más o menos. Si a William le funciona la cuajada con papayuela, pues que siga. Eso sí, si algún día lo ve atacando una subida a 35 kilómetros por hora después de comerse una, tendremos que modificar el plan nutricional de todo el grupo.
Durante la parada, William también nos contó detalles de su reciente aventura por Ipiales junto con Oscar. Nos reveló que había probado el famoso cuy, tanto asado como frito, y que, según su experiencia, sabía parecido al pollo y le gustó más preparado frito.
Todo parecía normal hasta que alguien hizo una observación.
Desde que William regresó de ese viaje, anda más flaco, con ojeras y con menos rendimiento.
Y ahí empezó la investigación.
¿Qué pasó realmente en Ipiales?
Los protagonistas dicen que nada. Que todo fue normal. Que comieron cuy, pasearon y regresaron. Pero los paparazis de CicloBR no comen cuento tan fácilmente. Algo ocurrió en ese viaje. No sabemos qué. Tal vez fue el cuy. Tal vez fue la altura. Tal vez fue una noche de insomnio. Tal vez William encontró una subida que todavía no ha podido superar mentalmente.
Lo único cierto es que la investigación continúa y los periodistas de investigación de CicloBR ya están trabajando en el caso. Si aparece alguna evidencia, será publicada en la próxima crónica.
Con la tripa llena y el corazón contento, iniciamos el regreso. Y aquí, como siempre, la carretera comenzó a cobrar la factura.
Sin que nadie lo acordara formalmente, comenzamos a subir al paso de Javi Fernández.

Era un ritmo tranquilo, alrededor de 8 o 9 kilómetros por hora, charlando y disfrutando del paisaje. Bueno, disfrutando dentro de lo posible, porque también había que controlar a William.
La razón era sencilla.
Si aparecía una mujer hermosa pedaleando a buen ritmo, el hombre iba a prender nuevamente la mecha.
Y como si el universo quisiera comprobar nuestra teoría, apareció.
Una bella ciclista, montada en una bicicleta blanca, nos adelantó. Nos saludó con mucha amabilidad y continuó su camino.
William bajó inmediatamente dos cambios.
“¡Quieto ahí, William!”
El grupo tuvo que intervenir. Había que controlar al macho. Porque una cosa es entrenar y otra muy distinta es dejarse llevar por los impulsos competitivos del corazón.
Seguimos entonces al paso tun tun, cuidándonos de las motos que suelen hacer candeleo en esa vía. Y aquí debemos hacer una reflexión seria: el comportamiento irresponsable de algunos motociclistas representa un peligro enorme para todos los actores de la vía. No estamos en contra de las motos ni de quienes disfrutan de ellas, pero sí de las maniobras peligrosas que ponen en riesgo la vida de otros.
Y no tardamos mucho en comprobarlo.
En una curva, uno de estos motociclistas perdió el control y terminó involucrado en un accidente con un carro. No tuvimos mayores detalles, pero vimos ambulancia y policía en el lugar. Más adelante, una ambulancia subía a toda mierda, como diría Cariño, tratando de atender la emergencia.
Y mientras nosotros continuábamos al paso tun tun, solo quedaba pensar que algunos todavía no entienden que la carretera no es una pista de carreras.
Finalmente llegamos a Curubital.
Por un momento pensamos que Cariño estaría esperando al grupo. Después de todo, la regla no escrita es que el carro acompañante se queda con los últimos del grupo. Pero nanai cucas.
Cariño no estaba.
Así que si alguno había pensado que podía abandonar la bicicleta y subirse cómodamente al carro, pues paila. Tocaba coger bus o aguantar. En CicloBR también hay momentos en los que la solidaridad tiene límites administrativos.
Unos dos kilómetros después de Curubital ocurrió otro episodio.
Charry pinchó.

Y aquí apareció la verdadera esencia del grupo. Javi Fernández siguió de largo, porque probablemente pensó que aquello era una fuga estratégica. La parada duró aproximadamente quince minutos, tiempo suficiente para que Javi coronara su fuga y llegara sin presión alguna.
Mientras tanto, William se puso la diez y ayudó a despinchar a Charrito. Apareció con su clásico inflador, ese instrumento que carga en su reliquis "Moreno", más largo que una semana sin carne y que ya tiene más kilómetros que algunos integrantes del grupo.

Se intentó meter presión al neumático de Henry, pero la válvula era demasiado corta y no permitió inflar adecuadamente. Así que quedó una tarea pendiente para Charrito: comprar un neumático con válvula más larga, o un extensor.
Ahora viene la parte complicada.
Todos conocemos a nuestro Charrito.
Es un hombre de convicciones firmes. Demasiado firmes. Así que no sabemos si hará puto caso.
Esperemos que sí, porque la próxima vez puede que no haya inflador clásico que valga.
Superado el impase, retomamos la marcha. Sabíamos que el ritmo iba a aumentar. William comenzó a tirar, Wilfran controlaba, Charrito se ubicó en la mitad cerrando a Oscar y Javive. Por momentos Charrito se quedaba un poco y luego volvía a conectar. Después era Oscar quien cedía terreno. El grupo avanzaba como una especie de acordeón humano, estirándose y comprimiéndose según la pendiente.
Antes de llegar a la placita decidimos esperar a quienes venían más atrás. Bajamos el ritmo y nos reagrupamos.
Pero faltaban aproximadamente dos kilómetros para llegar al siguiente punto cuando apareció un ciclista con jersey morado.
Venía con buen paso. Y ustedes ya saben. A William no se le puede picar.
El hombre aceleró. Wilfran salió a controlarlo. Y Javive decidió seguir la rueda.
Lo que empezó como una simple persecución terminó convirtiéndose en un sprint improvisado en plena pendiente de La Cabra.
Esta vez, Javive se sentía bien de piernas y las sensaciones eran buenas. Y como diría Nairo, era el momento de probar.
El ataque salió desde atrás. William intentó reaccionar. Pero no le dio.
El chico del jersey morado venía cerca. Wilfran lo sobrepasó.
Y finalmente el ataque de Javive fue demoledor. La rueda se fue.
Nadie pudo seguirla.
El remate fue una pequeña recompensa después de una jornada exigente, una de esas victorias que probablemente no aparecerán en Strava como una hazaña histórica, pero que en la cabeza del ciclista duran toda la semana.
Wilfran logró mantenerse cerca y ambos seguimos de largo. Decidimos hacer un remate final de lo que faltaba de la ruta a todo lo que dieran las piernas.
Y ahí apareció nuevamente la realidad.
Wilfran pesa alrededor de 62 kilos, tiene cuerpo de escalador y además su flamante bicicleta Look. Con semejante combinación, el hombre sube como un bólido.
Javive intentó seguirlo. Pero no pudo.
Hay unos veinte kilos de diferencia. Y probablemente unos cuantos millones de pesos de diferencia entre las bicicletas.
Pero, como dice el viejo principio de CicloBR, se hace lo que se puede con lo que se tiene.
Así coronamos nuevamente el Alto de Mondoñedo, esta vez de regreso. Mientras tanto, atrás, William, Charrito y Oscar hacían trabajo conjunto para completar la etapa.
Charrito logró sacar una ligera ventaja y muy cerca venían William y Oscar.
Wilfran, por su parte, comenzó a descender el Alto de Mondoñedo enfrentando un fuerte viento en contra. La bicicleta se movía de un lado para otro y por momentos no sabíamos exactamente qué estaba pasando.
Había dos teorías. La primera: las ruedas de perfil 50 estaban siendo afectadas por el viento.
La segunda: la camiseta prestada de Pulga, talla L, estaba actuando como una vela de barco.
La segunda teoría ganó fuerza rápidamente. Recordemos que Wilfran utiliza talla XS. Ahora imaginen una talla L puesta sobre un hombre talla XS. Eso no era una camiseta. Eso era una bandera.
Una bandera ondeando a toda velocidad en pleno agosto colombiano.
El viento la agarraba, la levantaba y la convertía en una especie de paracaídas humano. Y, aun así, Wilfran logró seguir adelante hasta llegar a la entrada de Mosquera.
Allí nos esperaban los Orlandos, Pulga, Héctor y Javier Fernández. Finalmente, el grupo volvía a encontrarse para cerrar la jornada con una pequeña tertulia y la respectiva recocha sobre todo lo ocurrido.

Y como siempre, llegó el momento más importante de cualquier salida de CicloBR: las bebidas frías, agua, refajo y la infaltable pola bien helada.
Porque después de subir Mondoñedo, atravesar Curubital, llegar a Puerto Araujo, pelear contra el viento, perseguir ciclistas desconocidos, controlar a William, despinchar a Charry y sobrevivir a las motos, uno se ha ganado el derecho constitucional a sentarse y hablar mierda un rato.
Durante la tertulia aparecieron nuevamente todos los cuentos de Cariño, que siempre tiene una manera particular de narrar las cosas y que, además, nos regaló la presencia de Orlando Márquez como acompañante por segundo domingo consecutivo. Cariño nos contó que había extendido la invitación a Orlando para que nos acompañara y, de paso, para darle un descanso a Gladys. Desde CicloBR celebramos la decisión. Tener a Orlando acompañándonos es siempre una buena noticia, porque además de aportar organización y conversación, demuestra que detrás de cada grupo de ciclistas hay personas que hacen posible que las cosas funcionen.
También quedó la sensación de que hacía varios meses no hacíamos esta ruta. Y aunque es relativamente corta, tiene una combinación que nos gusta mucho: buena dosis de montaña, kilómetros suficientes para trabajar resistencia y un recorrido que permite que cada integrante encuentre su momento.
Para algunos, el objetivo era llegar hasta Curubital. Para otros, conquistar Puerto Araujo.
Para William, probablemente sobrevivir a las ciclistas bonitas. Para Wilfran, probar las piernas.
Para Eduardo, comprobar cuánto había perdido de forma.
Para Oscar, medir fuerzas antes de estrenar su nueva Look.
Para Charrito, descubrir que las válvulas cortas son una mierda.
Para Javive, intentar demostrar que todavía quedaba algo de pólvora.
Y para todos, simplemente compartir otra mañana de esas que hacen que uno se levante el lunes con dolor en las piernas, pero con una sonrisa de satisfacción.
Al finalizar la tertulia, llegó la logística final. Algunos regresarían en carro compartido. William se iría con Cariño. Wilfran y Márquez tomarían otro vehículo. En el carro de Pulga viajarían Charrito y Oscar y Hector, quienes además tenían planes de continuar la jornada y seguirla donde la novia de Don Guillermo. Porque aparentemente para algunos la ruta no termina cuando termina la bicicleta. Hay etapas que continúan después de bajarse del sillín, aunque esas ya pertenecen a otra categoría y probablemente requieran otra crónica.
Los demás tomarían sus respectivos medios de transporte para regresar a casa.
Y así terminó esta nueva aventura de CicloBR.
Una jornada que comenzó con diez confirmaciones, nueve bicicletas y un conductor elegido. Una mañana que tuvo viento, montaña, chismes, ataques, una camiseta convertida en bandera, un pinchazo, una válvula corta, caldo de papa, cuajada con papayuela, cuy de Ipiales, una misteriosa transformación física de William, un ciclista de jersey morado, una persecución improvisada, una moto accidentada, una ambulancia a toda mierda y un montón de historias que seguramente serán exageradas en la próxima salida.
Pero quizá lo más importante de la jornada fue volver a ver caras que habían estado alejadas.
La presencia de Héctor, Javi Fernández y Eduardo nos recordó que CicloBR no es solamente un grupo para pedalear. Es una comunidad que permanece, incluso cuando la vida obliga a algunos a tomar distancia. Cada quien tiene sus responsabilidades, sus asuntos familiares, sus problemas, sus temporadas de mayor o menor entrenamiento. Pero cuando vuelven a ponerse el casco y aparecen en el punto de encuentro, la conversación continúa casi donde se había quedado.
Eso es lo bonito de este grupo.
Aquí hay escaladores livianos como Wilfran, hombres de potencia y espíritu competitivo como William, ciclistas experimentados como Oscar, guerreros constantes como Pulga, compañeros solidarios como Charrito, organizadores incansables como los Orlandos, conductores elegidos como Cariño, invitados que regresan como Eduardo y, por supuesto, todos aquellos que hacen parte de esta banda de locos que cada domingo decide que dormir hasta tarde es una pérdida de tiempo.
Agosto apenas comienza.
Y si la programación cumple lo prometido, todavía vienen muchos kilómetros, puertos de montaña y rutas de dificultad media. Así que no hay excusas. El parqueadero del Zapatoca está ampliado, la programación está publicada, las rutas están votadas y el grupo está listo.
Ahora falta lo más difícil.
Confirmar.
Porque todos sabemos que una cosa es darle “sí” a la encuesta de WhatsApp y otra muy diferente es aparecer a las 7:12 de la mañana con casco, bicicleta, hidratación y cara de “hoy sí voy suave”.
La próxima salida cae en puente, así que seguramente algunos tendrán planes de viaje, familia, descanso o simplemente una negociación secreta con la almohada. Pero esperamos que quienes no viajen se animen a salir el domingo. La carretera estará ahí, las bicicletas también y, con un poco de suerte, William estará bajo control.
Aunque eso último nadie lo puede garantizar.
Así que ya saben, muchachos: confirmen la próxima salida, revisen la bicicleta, compren las cámaras con la válvula del tamaño correcto, aseguren las ruedas, no se olviden del casco, entrenen esas piernas y, por el amor de Dios, si van a prestarle una camiseta a Wilfran, que sea de su talla.
Porque una cosa es salir a montar bicicleta y otra muy distinta es salir a volar una cometa con un ciclista adentro.
Nos vemos en la próxima rodada.
Y recuerden: en CicloBR nadie promete que será fácil, nadie garantiza que no habrá viento y mucho menos que William no vaya a prender la moto si aparece una ciclista bonita. Pero una cosa sí es segura: cada domingo habrá una nueva historia para contar, una nueva subida para maldecir, una nueva bajada para disfrutar y, seguramente, algún pobre hijuexxx preguntándose en plena montaña por qué carajos no se quedó durmiendo.
Hasta la próxima, compañeros.
Y, por último, pero no menos importante, queremos enviarle un abrazo grande y un muy feliz cumpleaños a nuestro amigo Pablo. Esperamos que haya pasado un grandioso día, rodeado de su familia, amigos y de toda la gente que lo quiere. Y, bueno, debemos reconocer que esta vez tuvo una muy buena y totalmente justificada razón para faltar a la rodada de hoy: ¡estaba celebrando su septuagésimo cumpleaños! Así que la inasistencia queda oficialmente aprobada por el comité disciplinario de CicloBR, sin multa, sin sanción y sin derecho a reclamo. Esperamos tenerlo nuevamente en carretera en la próxima salida, eso sí, con la respectiva celebración pendiente y las piernas listas para pagar la cuota de cumpleaños. ¡Feliz cumpleaños, Pablo! Un abrazo grande de parte de toda la familia CicloBR.
Pero como esta historia quedaría incompleta pues me quedé sin saber qué pasó con el grupito que se quedó en el Curubital, le doy el cambio a mi colega Orlando Márquez; Siga Ud, yo me despido.
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Gracias Javive, por ese excelente y detallado recuento, con tantas anécdotas y ese estilo que lo caracteriza como el poeta de la crónica ciclística me da pena o algo de temor enfrentarme a la hoja vacía para llenarla, luego de haber tenido la pluma archivada por seis meses, por razones que todos conocen, pero lo intentaré.
Sentado cómodamente en la mullida silla de copiloto en el poderoso Volvo de mi tocayo pide observar en vivo y en directo el sufrimiento de Héctor en la subida, quien marchaba a diez y ocho kmts por hora, entiéndase a veces a diez y la mayoría a 8 k/hora, por la falta de entrenamiento y la angustia y sufrimiento de Bedoya al no poder enchoclar; me imagino los madrazos en pensamientos al ver como todos sus compañeros lo dejaban atrás y le tomaban una minutada mientras hacía uno tras otro intento por lograr que las calas de su zapatilla encajaran en aquel maldito pedal, que hoy, justo hoy, el día de su reaparición, le dió por joderle la vida. Ya había convencido a todos en Mosquera de que andaba muy mal entrenado, pero seguro que si traía algo para mostrar y participar en el leñero que sabía se iba a dar en la subida al mítico nueve de la Mesa, pero no contaba con aquel pedal traicionero que se giraba para darle la espalda al choclo que luchaba infructuosamente por cazarlo para encajar. Carrillo lo auxilió pero que carajo ya faltaban apenas 600 o 700 metros para coronar y sus compañeros seguros estaban arriba esperando hacía rato; seguro se imaginó que alguno le preguntaría: ¿Qué pasó Eduardito?.
Luego nos contaría que por sus problemas de salud quedó con ese problema, el temor a una caída hizo que su cerebro desaprendiera esa labor de enchoclar en subida que el dominaba mecánicamente.
Seguimos escoltando al grupo en su camino hacia el Curubital, siempre detrás de Héctor. Cariño me encargó de que desde la ventana del carro le aconsejara que le subiera piñones pues había observado que estaba subiendo muy apretado, hizo caso al consejo y algo alivió su tortura hasta que inició el descenso que le trajo el alma al cuerpo.
Definitvamente, .
Llegamos al Curubital, ese punto que normalmente esta repleto de carros y ciclistas, pero hoy no. Allí estaban Pulga y Eduardo, el resto del lote ya viajaba en descenso hacia Puerto Araujo. El ruido ensordecedor de las motos de alto cilindraje era insoportable. Esos señores en su mayoría de edad madura, con ínfulas Harlistas gringos, y sus parejas han tomado las vías como pista de carrera tal como lo narró Javive.
Invitamos a los tres colegas a tomar aguadapenelita en el único restaurante del sector. Pulga insistía en retomar de una el camino de regreso: "eso hay no hay quien atienda". Finalmente cedió y entramos. Hacía mucho tiempo no paraba allí y tenia mejor recuerdo del combo de aguadepanela queso y pandebono, que hoy me defraudó. El pandebono nada que ver, textura y color diferentes, un poco chicludo a mi juicio y un queso que se negaba a irse al fondo y se quedaba flotando como retándolo a uno, a empujarlo con la cuchara para luego salir nuevamente, no era aquel que se derrite y juicioso espera en el fondo del pocillo a que la cuchara lo atrape. Carrillo dictaminó que eso era más cuajada que queso, de pronto si.
Carrillo se anticipó a pagar la cuenta en vista de que los demás no hacíamos intentos de buscar la billetera.
Héctor arrancó de primero con la intención de ganarse unos minuticos, pero pronto Pulga y Eduardo lo cazaron. Eduardo pasó de largo, parecía que ya había logrado una victoriosa conciliación entre las calas y los pedales y subía a muy buen ritmo, les llegó a tomar más de cinco minutos a sus dos competidores.
Pulga iba acelerando para llegarle a Héctor quien mantenía su ritmo de ralentí para dosificar sus fuerzas, finalmente le llegó, lo superó, pero hasta antes de la Cabra lo mantuvo cerca para acompañarlo.
A sus ritmos los tres pedalistas continuaron hacia Mondoñedo, con un Bedoya con ganas de desquite sosteniedo su ventaja y Pedraza cerrando el lotecito.
A las 11 de la mañana llegamos a Mosquera. La espera al grupo de Puerto Araujo se prolongó por las razones que narró Javive. Luego vino la tertulia el cierre que ya narró mi colega.
Para mi fue un honor poder haberlos acompañarlo dos domingos, obviamente da envidia no estar allí sobre el caballito de carbono disfrutando de los recorridos, pero ya llegará el momento.
Gracias
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