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Bogotá, de marzo 29 de 2020

Los útimos serán los primeros

Ser el último en una competencia generalmente no es bueno, pues todos competimos para ganar, sin embargo así como siempre alguien triunfa, habrá quien que llegue portando el farolito. Por circunstancias de la carrera, por desperfectos mecánicos o como en el caso nuestro en CicloBR por una pálida o por falta de condiciones o de preparación, a veces nos toca portar el letrerito FIN.

El ciclista de raza negra que corrió siete vueltas a Colombia

En la crónica A nuestra generación el ciclismo nos entró por los oídos, me refería así a un ciclista, (el primero de raza negra que corria una Vuelta a Colombia) quien siempre cerraba las etapas:

" Cuando se corría la Vuelta a Colombia, pocos trabajaban, oficinistas, políticos, mecánicos, estudiantes todos vivían con el transistor en su oreja, era como ver hoy a la gente pegada al TV o chateando en el celular. Por lo general la Vuelta a Colombia partía desde y llegaba a Bogotá, la ilusión era que nuestros padres nos llevaran a ver pasar a los pedalistas; miles de personas se agolpaban a lo largo de las vías, todos con su transistor, con su cajita de pilas de refuerzo externas, no se podía perder ni un instante de la emocionante transmisión radial. Esperaban con ansias el paso de la caravana, incluso aguantaban hasta ver a Jesús María Lucumí un negrito caucano, patrocinado por Maizena, que siempre llegaba de último, pero eso no importaba, el público lo esperaba lo que fuera después del paso de los punteros, para aplaudirlo". 

Jesús María Lucumí es un ciclista Payanés, hoy vive en Cali y tiene 84 años. Es el único ciclista afro que ha corrido siete vueltas a Colombia siempre recordado por su perseverancia.

El columnista Lisandro Duque de El Espectador nos recordó esta anécdota sobre lo que pasaba al final de las etapas de la Vuelta a Colombia, en los pueblos donde no habia hoteles y tampoco muchos ciclistas tenían plata para pagar alojamiento:

" Los ricos del pueblo alojaban a las estrellas Efraín Forero y José Beyaert, este último un francés de anteojos, idéntico a Clark Kent, dueño de la panadería Francesa en Bogotá, y quien se había ganado la II Vuelta. Los menos ricos les daban posada a los de la mitad en la clasificación general, y los pobres, se llevaban a dormir a Jesús María Lucumí, un morocho caucano que se especializó en ser el colero de la competencia durante mucho tiempo, razón por la que lo llenaban de regalos en las premiaciones"

Vea la historia de Lucumí en esta entrevista>>

Pero la verdad, sobre coleros hay varias historias en las grandes pruebas del ciclismo profesional. Recordemos que el primer Tour de Francia se desarrolló en 1903 tuvo lugar entre el 1 y el 19 de julio de dicho año. Fue la primera competición en carretera por etapas y comparada con las actuales Grandes Vueltas tenía solo seis pero eran extraordinariamente largas.Como las etapas eran tan largas, todas excepto la primera comenzaron antes del alba: la última etapa comenzó a las 21:00 horas la noche antes

Los ciclistas tenían entre dos y tres días de descanso entre cada etapa, pero no estaban obligados a competir en las seis etapas, porque esto sólo era necesario para dar derecho a estar en la clasificación general. El favorito para ganar, Maurice Garin, terminó con un margen de casi tres horas de ventaja sobre el siguiente ciclista.

Ahora si veamos las dos historias de coleros, la primera al inicio del Tour de Francia y la segunda en tiempos modernos:

El primer último de "La grande Boucle"

Los últimos siempre tienen algo de especial. Las últimas palabras, los últimos libros, el último beso. Seguramente hasta lo último que piensas cada noche antes de irte a dormir, o lo último que estabas haciendo aquella madrugada antes de que te olvidases todo lo demás.  Con los ciclistas pasa algo similar. El discreto encanto del farolillo rojo, del hombre que más tiempo tarda en completar un recorrido. No el peor, no, o no necesariamente. Solo el más lento en ese momento, en esa carrera. Y también, por ello mismo, uno de los más carismáticos.

El penúltimo… ese sí que no tiene remedio, ese sí que será relegado al olvido. Porque, quizás, las derrotas son más bonitas de contar que las victorias. Y, quizás, solo desde la sonrisa de quien no compite para ganar se puedan entender aquellos secretos oscuros que la vida juega a esconder entre los radios de las ruedas…

Y de entre todos los últimos él, Arsène Millochau, fue el primero. Nada menos que el hombre que cerró la clasificación en el Tour de Francia de 1903, el que inauguró la carrera, con un enorme retraso respecto del ganador, Maurice Garin.

Pero, ¿fue realmente así? Es decir, ¿llegó el bueno de Millochau a terminar aquella carrera? Max Leonard, con la ayuda del historiador francés Pierrot Picq, concluye en su magnífico Lanterne Rouge que sí, desgranando la maravillosa historia que tuvo detrás este pionero.

Arsène Millochau nace en Champseru, un pueblecito cercano a Chartres, en el año 1867 y pronto destaca como apasionado del floreciente sport que enfervorece a las multitudes francesas de la época: el ciclismo. Así, tomó parte en la primera edición del Tour de Francia, igual que antes lo había hecho en la Paris-Roubaix inaugural, o en eventos como la Marsella-París, la Burdeos-París y la prestigiosa carrera en pista de la Bol d´Or. Resultados siempre más bien discretos, lo que no desanimó a este hombre corajudo y cabezota, con un entusiasmo tal que le llevó a repetir experiencia en la Burdeos-París el año 1922, cuando contaba 55 primaveras sobre sus fornidos hombros…

En 1903, el Tour de Francia eataba en pañales, esa empresa de locos que estaba naciendo y que se iba a convertir, con el tiempo, en icono de la personalidad del Hexágono. Eran tiempos duros, distancias kilométricas por carreteras que apenas podían recibir ese nombre. Tiempos en los que los ciclistas debían arreglarse su bicicleta, proveerse de avituallamiento y, cuando llegaban al final de su jornada, buscar un hostal barato donde les dejaran dormir por unas pocas monedas, obtenidas la mayoría de las veces tras hacer algunas demostraciones circenses sobre la bici y pasar después la gorra entre la concurrencia.

La inscripción para tomar parte en la carrera se había visto rebajada en varias ocasiones ante la falta de entusiasmo por parte de los deportistas, que veían la prueba como un trabajo demasiado duro, imposible de llevar a buen término. Al final se acaba fijando el precio en la modesta cifra de diez francos (el equivalente actual serían unos cien euros), y la lista de inscritos aparece cada mañana en la edición de L´Auto. El martes 16 de junio de 1903 consta el siguiente nombre: A. Millochau (Chartres) Era el corredor número 67 que se inscribía, sobre los 80 que al final iban a hacerlo. Solo 60 de ellos tuvieron las agallas de presentarse a la primera salida de una etapa del Tour de Francia, que tuvo lugar en un pequeño café de Montgeron, al sur de París, llamado Au Reveil Matin. Una curiosidad: Maurice Garin, que venció en aquella etapa inaugural (París-Lyon, de nada menos que 467 kilómetros) y terminó ganando la carrera fue también el primero que se apuntó.

Pero volvamos a nuestro protagonista. Millochau se coloca pronto en las posiciones traseras de la carrera, llegando a Lyon en el puesto 33 de los 38 supervivientes. Es decir, en la primera etapa de su historia el Tour ha visto cómo se le retiraban casi la mitad de los participantes. La causa es una mezcla de distancia y velocidad: Géo Lefèvre, periodista de L´Auto, se pierde la entrada triunfal de Garin en Lyon porque el ciclista acaba haciendo los últimos kilómetros a mayor velocidad que el tren en el que viaja traqueteado el escritor…

Es en la crónica de esta etapa inaugural cuando aparecerá la única referencia a Millochau durante toda la carrera:

"En Orleans, a 155 kilómetros de París, a las 9.50 de la mañana, pasa Millochau, muy fresco. Se detiene a comer". Nada más…

En la segunda etapa, camino de Marsella, nuestro protagonista ya entra el último, destacado, y será al término de la tercera, que rinde final en Toulouse, cuando caiga a la plaza final de la clasificación que ya nunca más iba a abandonar.

Siguió perdiendo tiempo con los primeros en cada etapa, mientras sufría lo que, quizás sin él saberlo, se iba a convertir en una de esas historias que siempre se recuerdan. Finalmente Millochau acabó a casi tres días de distancia de Maurice Garin (exáctamente a 64 horas, 57 minutos y 8 segundos).

Un hombre feliz, este Arsène, un hombre orgulloso de sí mismo. Uno de los grandes pioneros de este deporte, tanto en su faceta de ruta como en la pista del velódromo. Un amante de la bicicleta, un pícaro que siempre encontraba la forma de ir un poco más allá, de sobrevivir otra noche más. Alguien que ni siquiera sufrió una decepción al no poder dar la vuelta de honor en el mítico velódromo del Parque de los Príncipes de París, ante una multitud bulliciosa que saludaba a los supervivientes de aquella primera epopeya. Él, sencillamente, no llegó a tiempo... Y si eso no es la mejor metáfora de lo que representa el farolillo rojo, yo no sé qué puede serlo.

“¿El Tour de hoy en día?”, se pregunta un avejentado Millochau en las páginas de Miroir Sprint en el año 1947, “es un paseo por el campo, una simple salida dominical”. La foto muestra a un hombre aún fuerte, sonriente, que saluda a la cámara desde su taller de bicicletas parisino. “Solo piense que mi bicicleta en aquella carrera pesaba 33 kilos”, continúa, “iba preparado para cualquier eventualidad, y llevaba una pieza de repuesto de casi todo"

Artículo tomado de ctxt autor Marcos Pereda

La historia del ciclista que lo daba todo por quedar último

Si no puedes conseguir la gloria quedando primero, no tendrás más remedio que buscarla de otro modo. Así lo hizo el ciclista Wim Vansevenant, que pasó a la historia por terminar tres Tours consecutivos en la misma posición: la última.

Perder está infravalorado. Quedar último sin perder la compostura es un arte mesiánico al alcance de unos pocos elegidos. Aquellos que aceptan la derrota con una sonrisa ancha dibujada en su rostro son seres superiores que no entienden de banalidades. Trascienden más allá del bien y del mal.

Nuestro héroe urbano es el dios de la derrota. Él encarna como nadie el espíritu del loser.
Podría ser el resbalón de Terry en la final de la Champions de 2008, o la bota torcida de Roberto Baggio en el Mundial del 94; podría ser la cara de frustración de Raymond Poulidor después de cosechar 8 podios en el Tour de Francia y no vestirse nunca de amarillo en los Campos Elíseos, o Shaquille O'Neal fallando 5.000 tiros libres.Podría ser todos ellos, pero no lo es.

Wim Vansevenant es mucho más que un simple perdedor. Es el éxito de la derrota. Y si no, mira la cara, mezcla de orgullo y abatimiento, con la que sostiene el farolillo rojo del Tour de Francia del 2008, un 'honor' reservado al último clasificado de la Grande Boucle.


Imagínatelo llegando a casa después de tres semanas subido a la bicicleta y fundiéndose en un abrazo con su madre, una entrañable sexagenaria, mientras le hace entrega de este codiciado farolillo. Ella le suelta la frase protocolaria "Tranquilo, hijo. Lo importante es participar."

Y Wim, recordando al niño que un día fue, llora. Pero su llanto no es de tristeza: es de pura emoción. Vansevenant es el perdedor más feliz de la Tierra. Nuestro amado ciclista acaba de conseguir un hito inédito: quedar último del Tour de Francia por tercera vez consecutiva. En la edición de 2008, concretamente, ha terminado en la 145ª posición a 3 horas, 55 minutos y 45 segundos de Carlos Sastre, el ganador.
Pero... ¿quién es exactamente nuestro héroe?
Wim Vansevenant es un ex ciclista belga nacido el 23 de diciembre de 1971. A pesar de dedicarse al ciclismo de forma profesional, el pobre Wim era mediocre como pocos; de hecho, no destacaba en ninguna especialidad. No tenía velocidad punta para los sprints, se le atragantaba la carretera cuando la pendiente se enfila más allá de los dos dígitos, y además era deficiente contra el reloj.
Pero si una cualidad tenía nuestro héroe es la persistencia. Wim era el gregario que todo líder quiere, sobre todo Cadel Evans, el jefe de filas en los años dorados de Vansevenant en el equipo Lotto. Wim se sacrificaba al máximo en pos del bien común: acudía a buscar los bidones, tiraba del pelotón cuando era necesario y creaba buen clima de trabajo.
Su leyenda nació en el Tour de Francia de 2006. Por puro azar, Wim llegó el último clasificado a los Campos Elíseos. Paradójicamente, el belga descubrió que haber llegado en esa nada gloriosa posición hacía subir su caché subía como la espuma: de hecho, a Wim le entrevistaron en medios internacionales e incluso le invitaron a critériums post-Tour.

Ahí murió el ciclista y nació el mito. La máxima remasterizada que podríamos usar para Wim es "la gente no recuerda al penúltimo; sólo recuerda al último".

En el Tour de 2007, Vansevenant partió con un doble objetivo en su mente: ayudar a Cadel Evans y conseguir el farolillo rojo. Como observadores externos, podríamos cometer el espeluznante acto de menospreciar sus logros: "Quedar último es fácil", pensamos todos. Si has caído en esa percepción, sácatela de la cabeza: en el caso de Wim, todo estaba calculado al milímetro. Vansevenant llegó a manejar una estrategia depurada para conseguir año tras año semejante hazaña.

"Las etapas de sprint masivo son fáciles para mí. En los últimos 15 kilómetros bajo el ritmo y puedo llegar a perder diez minutos con el pelotón fácilmente", explica el propio ciclista. "Sin embargo, si se te escapa el pelotón en la montaña puedes llegar fuera de control".

Sí, ahí lo tenéis. El bueno de Wim sentó las bases del "llegatardismo" como nadie. Rezagado en el pelotón pero avanzado a su época: un auténtico visionario.

Para el 'hat-trick', el triplete, faltaba el Tour de 2008. Wim consiguió ser el último desde la tercera etapa hasta la decimonovena; y declaró que su gran objetivo era ayudar a Evans en todo.Sin embargo, una broma de su compañero de equipo Mario Aerts puso al descubierto su intenciones reales:

"Le engañamos diciéndole que Mathieu Sprick había acabado dieciocho minutos por detrás de él", explicó el propio Aerts. "Wim dijo que le daba igual la última plaza, pero se puso muy nervioso hasta que comprobó la clasificación".

Más allá de la anécdota, su triplete corría peligro en la decimonovena etapa. Bernard Eisel perdió más de 10 minutos respecto a Vansevenant y le arrebató la última plaza por 42 segundos. Afortunadamente, en la penúltima etapa el belga logró recuperar su 'cetro'. La diferencia entre los dos en la última etapa por las calles de París fue de 53 segundos.

Wim encontró en el austríaco a un duro rival al que batir... o, mejor dicho, un duro rival por el que dejarse batir. En la última vuelta, el pelotón voló; Gert Steegmans consiguió contra pronóstico al sprint la prestigiosa victoria en la capital francesa.

Un minuto después de la victoria de Steegmans aparecieron dos ciclistas luchando contra su propia bicicleta, contra su propio organismo y contra la física entera para llevarse el ansiado farolillo rojo. Es el "tira tú que a mí me da la risa" de Perico Delgado en su máxima esencia.

Por aquellos entonces, Armstrong el tejano aún no había sido desposeído de sus éxitos, aunque Wim casi acabó compartiendo otros 'hitos' con el estadounidense: años más tarde de su retirada, en el 2011, Wim admitió haber comprado unos botellines de TB-500, una sustancia prohibida que ayuda al crecimiento de los músculos. Su palmarés, por llamarlo de alguna manera, quedó en tela de juicio; afortunadamente para nuestro héroe y para la gloriosa historia del ciclismo, en 2012 unos análisis demostraron que en los botellines sólo había aminoácidos, una sustancia no dopante. Wim estaba limpio y podía seguir presumiendo de los tres farolillos rojos consecutivos.

Te queremos, Wim. Bienaventurados sean los fracasados en el reino del falso éxito postureta. Amén.

Articulo tomamdo de vice.com- Autor Dani Terra

 

Consejos para sobrellevar el aislamiento social

Espero "hayan tenido tiempo" para leer estos artículos completos y perdón por interrumpirles sus quehaceres. Es broma, soy consciente del duro momento por el que atraviesa el mundo.

Mis mejores deseos para que la estén pasando lo mejor posible en estos dias y semanas de aislamiento obligatorio, tenemos que cumplir juiciosos pues es la única forma de romperle el espinazo a la cadena de contagio. Las dolorosas y tristes historias de algunos países como China, Italia, y España deben motivarnos a seguir las instrucciones para proger nuestra vida, la de la familia y la de todos en Colombia. Mucha paciencia, esto se puede prolongar, ya vendrán dias mejores. Todo pasará.

Finalmente un pequeño resumen de "tips" o consejos para proteger nuestra salud mental y la de las personas con la que estamos conviviendo:

• Establecer una rutina diaria y asegurarse de que cada día sea un poco diferente. En lo posible prefijar cada día nuestras tareas para saber, cuando nos levantemos y a qué vamos a dedicar el tiempo, así no se cumpla estrictamente.

• Tratar de controlar las horas de sueño, ni trasnochar mucho ni dormir hasta tarde.

• Distribuir las labores del hogar en forma equitativa

• Buscar un momento diario para hacer deporte en casa, no necesariamente a la misma hora ni tan extenuante que nos produzca cansancio y sueño.

• Este período de aislamiento puede servir para acometer tareas pendientes que por falta de tiempo nunca pudimos hacer. Por ejemplo, leer un clásico de la literatura; qué tal repasar los mejores cuentos de Gabriel García Márquez?. O tal vez volver a leer Cien años de Soledad? (coloque la pantalla de su celular en formato horizontal para leer en linea). O quizá ver aquella película que nunca pudimos apreciar en el cine (tal vez esté en Netflix).

• Si la salud lo permite, una forma de ocupar el tiempo es dedicarlo a una limpieza general de la casa o para arreglar algo que esté roto. O para cambiar de sitio muebles o redistribuir espacios de la casa. Esas tareas se pueden ejecutar poco a poco durante estos dias.

• Mantenerse informado sobre la pandemia solo de fuentes confiables, pero no saturarse de información.

• Respetar los espacios de privacidad, de la persona o personas que conviven con nosotros, permitiendo que cada uno tenga momentos para dedicarlos a sus actividades personales. Este espacio a solas es necesario para escribir, leer, dedicar a sus actividades religiosas en la fe que profesen, relajarse, desconectarse, pensar, escuchar música o simplemente descansar.

• Mantener el contacto telefónico o por redes sociales con los seres queridos y amigos.

• Hacer uso y no abuso de medios de comunicación, TV, Netflix, redes sociales¸ todas las cosas, el exceso hacen mal. Bueno limitar el tiempo que dedicamos a esas actividades.

Hasta pronto!!

Recuerda: TODO PASARÁ

Omarquez

 

 

 

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